27 junio 2011

En nuestra casa

En nuestra casa ya no corretearán los chiquillos, ni habrá pañales que cambiar, ni sollozos que apaciguar.

En nuestra casa no sonará el teléfono sin que nadie lo descuelgue. Ni las cartas se amontonarán el el buzón cuando nos vayamos de vacaciones.

En nuestra casa nadie nadará en la piscina, ni cocinará con sus pucheros. Nadie hará una paella es su paellero, ni se tumbará a la fresca en las noches de verano.

En nuestra casa no celebraremos cumpleaños, ni la Navidad, ni las Pascuas. A nuestra casa no vendrán a visitarnos amigos y familia. Nadie.

No pensaremos de qué color pintarla ni planearemos donde poner los libros, la compra recién hecha, la ropa sucia, o esas flores que te regalaron.

En nuestra casa no hará solina, ni tendremos goteras, ni moriremos de frío ni nos agobiaremos de calor.

En nuestra casa las camas serán de papel y no soportarán la humedad de las lágrimas y el reloj no marcará las horas eternas de espera e impaciencia.

Desde nuestra casa no sé verá amanecer, ni las estrellas ni aquel eclipse rojo que tu querías descubrir.

En nuestra casa ya no habrá suelos que barrer, ni cortinas que colgar ni ropa que tender. Ningún perro correteará por los pasillos, ninguna planta germinará es sus macetas.

A nuestra casa le darán igual las humedades y pasará lo mismo el otoño que el verano convertida en un triste proyecto.

A nuestra casa le carcomieron los cimientos tus palabras y mis silencios.

20 febrero 2011

¡Hijo!, ¿no te acuerdas que tienes madre?

Esto fue lo primero que me dijo mi madre una vez que me llamó después de que pasaran muchos días, quizá un par de semanas sin saber nada de mí. Supongo que sería una de esas épocas de viajes, trabajo y compromisos varios que apenas dejaban tiempo en la agenda, pero sin duda no justificaba dejar de pasar a ver a mis padres, que apenas vivían a 200 metros de mi casa.

Mi madre siempre se desvivió, primero por ayudar a mis abuelos, cuando en los tiempos del hambre, tocaba abandonar la escuela para irse a recorrer los huertos y almacenes de naranja de la comarca a echar unas jornadas para ayudar a la familia.

Luego se desvivió por sus hijos, a los que nos dejó con mis abuelos para emprender junto a mis padre la aventura de la emigración a Francia, por entonces mi madre era esa señora que venía en Navidad y nos regalaba esos coches eléctricos o esas muñecas que cantaban en francés y que ninguno de los niños del barrio siquiera conocía.

Cuando el ahorro del trabajo en Francia lo permitió tocó volver y desvivirse por sacar adelante la casa y la familia, tiempos de bicicleta y huerta. En mi familia no hubo coche, la Vespino de mi padre y las bicicletas de los demás eran nuestro medio de transporte. Cuantas acelgas, lechugas, berenjenas o batxoqueta habrá repartido casa por casa mi madre con su bicicleta.

Más tarde toco desvivirse por mi abuela conforme se hacía más y más mayor, acabó sus días al cuidado de la Pepa que entre ojales y remiendos iba cuidando de unos y de otros. Hasta a las vecinas de la calle Segorbe recogía en el bajo donde con sus costuras y el reparto de las participaciones de lotería de la Falla o del Club de Ajedrez siempre había una silla para la tertulia todas las tardes.

También por los nietos hizo lo que pudo aunque ya no se encontraban nada bien, no era raro ver a mis padres paseando con Jordi y con Héctor por la plaza Rodrigo.

La larga enfermedad de mi padre le hizo pasar muchas noches en el hospital y cuando nos ofrecíamos a quedarnos nosotros y que ella se fuera a casa a descansar siempre nos contestaba “¿Y qué hago yo en casa, que otra cosa tengo qué hacer?”.

Y cuando mi padre faltó hace poco más de un año ya no le quedó por quien desvivirse y poquito a poco se fue apagando.

La enfermedad que se tenía empezó el día que nací yo, tras una transfusión de sangre que le contagió la Hepatitis C, así que literalmente mi madre dio la vida por mí, no me siento culpable por ello, pero no deja de ser un símbolo de su vida de entrega.

Aunque ha tenido un final duro, largo y muy doloroso, hasta la penúltima noche, rabiando de dolor sin poder apenas respirar y pidiendo que la sedaran, aún tenía fuerzas para pensar en los demás y me decía “Lo siento, menuda noche te estoy dando”.

No es una historia especial, es la de muchas madres que se han dejado la salud por sus familias y que nunca tendrán una calle ni pasarán a la historia, pero sus vidas, como lo fue la de mi madre, sí que son ejemplares.

¡Madre, siempre recordaré que soy tu hijo!

13 junio 2009

Una de miedo

De repente la herida empieza a sangrar una vez más a borbotones. Meses, años quizá, que solo a veces sentía un picorcillo que apenas molestaba durante unos instantes. Y de nuevo, de repente, por sorpresa, en el sitio y momento más insospechado su mirada y su indiferencia fingida.
Cada minuto un suplicio, soportando su presencia inevitable aunque oculta. Cada risa una aguja en mi recuerdo. Cada momento una vuelta al pasado irrecuperable, lejano, eternamente presente, que creía tan olvidado.
El suplicio parece durar horas hasta que el espectro del pasado se aleja sin siquiera una mirada de desdén o de cariño. No, solo indiferencia.
Y luego a recuperar la calma tras la tormenta de mi corazón, que tras el vuelco le costará unos días volver a sus pulsaciones normales.
Tropezar de vez en cuando con el fantasma me recuerda que estoy vivo, pero no estamos para estos trotes, casi hubiera preferido la rutina de cada sábado que estas malditas sorpresas, nunca me gustaron las historias de miedo.

01 junio 2009

Por primera vez

Ayer por primera vez, me dolió dejar marcharte aunque lo estuviera deseando para no seguir sufriendo tu rechazo, ayer falseé mis sonrisas para esconder mi amargura por primera vez.
Ayer por primera vez te eche de menos a mi lado, por primera vez en todo este tiempo deseaba fervientemente abrazarte, quise oír a la charraora que llevas dentro, me dormí abrazado a tu ausencia y soñé contigo por primera vez.
El dolor no me lo provocaste tú, como siempre, solo yo puedo dañarme. Pero como siempre acuden a mi mis peores fantasmas a hacerme tropezar y caer cuan largo soy en el barro de mi propia miseria. Y de paso hice que te salpicará, lo último que hubiera deseado.
Y hoy por primera vez, eche de menos remolonear contigo, quizá sea solo un antojo pasajero, pero por primera vez te eché de menos.

04 mayo 2009

Papeles viejos

Púes claro que algo te habré hecho, ya lo imagino, para que me hables con ese desprecio y rabia. Pero no lo sé, no lo entiendo. Púes claro que no todo lo que hago lo hago bien, ni siquiera la mayor parte de las cosas. Púes claro que me equivoco, y que no soy ni mucho menos perfecto. Pero que me digas que te he decepcionado, y no me digas en que, no es justo.
¿Sabes? Quizá el problema sea intentar satisfacer a todo el mundo, y no empezar por satisfacer a la persona más importante, yo mismo.
Me empeño en que todo el mundo este contento, y me enfado cuando no es así, quizá está vez deba pasar. ¿Que te defraudé? ¿Acaso es posible no defraudar a nadie? No me puedo enganchar en cada unas personas que a mi lado esperan de mi cosas imposibles para mi. O quizá no tanto. Pero no es justo que me pidas más y más y más... y yo sin saber que y tu ofreciendo a cambio ¿que? ¿Desprecio?
Púes claro que me duele, como a cualquiera, y se que a ti también, pero ¿acaso puedes pretender que siempre sea yo el que se disculpe, como si los demás, tu, fuerais perfectos?. Está claro, que es mi responsabilidad hacer que las cosas vayan bien, pero no puede serlo, que tu, y el otro, y el de más allá sean felices. Está vez creo que te pasaste, alguna vez te tocará a ti disculparte.
Los demandantes de rol piden y piden, devoran tu tiempo, tu ilusión, tus ganas, pero que pocas veces te ofrecen lo mismo y exigen y tienen derechos, pero que pocas obligaciones, todo siempre es culpa de los demás y al final acabas harto de tener la culpa de todo lo que le pasa a todo el mundo.
No, no quiero escabullirme, pero bastante tengo con ser responsable de lo que me pasa, de lo que siento, de lo que digo y no digo, de lo que hago y no hago, como para además sentirme responsable de los sentimientos de los demás.
Y si, arriesgo la amistad, pero quizá no sea una amistad tan deseable cuando me hace sentir más veces mal que bien. A veces me empeño en preservarlos a todos, si cuestionarme si de verdad vale la pena guardarlos, cuidarlos, darles cariño. Quizá deba tomar las mismas medidas que cuando hago limpieza de papeles viejos ¿Hace más de un año que no lo he necesitado? Púes probáblemente no lo vuelva a necesitar nunca más.
Y quizá solo hable desde la rabia, pero desde luego que ahora mismo, me dan ganas de mandar a alguno a freír espárragos definitivamente, quizá mañana se me haya pasado.

05 marzo 2009

Rabietas

Ayer me tocaron las narices 3 veces. Y de repente me pillé una rabieta después de otra. Es algo más habitual de lo deseable. Me pasa cada vez que alguien me contradice, me ignora, me cuestiona.
Y no, no creo que tuviera un mal día, tenía un día normal, o al menos tan normal como cualquier otro. Simplemente me comporté como ese chiquillo malcriado que no consiente que nadie le contradiga y se enfurruña y grita y se tira al suelo y esclaviza a sus padres.
Puede ser que las personas que provocaron mis rabietas ni se dieran cuenta de ello, casi con toda seguridad no quisieron provocarlas. Es más la persona causante de mis rabietas no fue ninguna de ellas, fui yo solito.
Yo solito provoqué las situaciones que desencadenaron mi malestar, yo solito me monté la película de lo que entendí que eran agravios, yo solito juzgué y condené a quien yo sabía que no era culpable de nada, yo solito anduve el camino de la indignación y casi la ira que me rasgaron la hiel, yo solito renuncié a resolver el problema dando un paso al frente y asumiendo la responsabilidad.
Y no me consuela que no sea el único, que casi todo el mundo reaccione de una forma inadecuada ante las situaciones no deseadas que les van sucediendo por la vida.
No voy a ser condescendiente, una vez como tantas otras no he sabido controlarme. Las recetas que sistemáticamente recomiendo a mi alrededor, no las aplico para mi mismo, lo cual lo convierte en un modo de hipocresía bastante curioso.
Tampoco pretendo martirizarme con ello, solo reflexiono en voz alta y rememoro las muchas veces que he podido gestionar mejor esas emociones que aprisionan mis muñecas y me pregunto su algún día me libraré de las mismas dando el salto al siguiente estadio de mi particular evolución.

22 febrero 2009

Zapping

Miro regularmente este blog y me da un poco de apuro tenerlo desatendido, paro producido por mi propia falta de constancia ante la tarea regular de ir rellenando de palabras que dibujen mis experiencias, sensaciones y pensamientos sobre el blanco papel digital que hoy sustituye al antiguo y vetusto papel de celulosa.
Sigo empeñado en no dejar la tarea, pese a esta crisis creadora. Cualquiera pensaría que soy un escritor con la fuentes de la inspiración seca de ideas. Pero no, es más pereza que otra cosa, esa falta de constancia que me rodea continuamente. Realmente las ideas está ahí, y prueba de ello son las muchas entradas que voy generando y que o bien dejo a medias o tan solo escribo el inicio y unas cuantas palabras con intención de retomarlo más tarde.
Y es que en el fondo esto no es más que una parte de mi vida y se ve afectada por las mismas pautas que el resto de la misma. Adolezco, no sé si yo solo o todos los que nos ha tocado vivir es este momento de la historia de la humanidad, al menos en el mundo digamos que desarrollado, adolezco, decía, de falta de tiempo para dedicar más de cinco minutos de atención a nada. Cualquier cosa que me requiera una atención continuada me acaba por aburrir y salto al poco tiempo a otra actividad que me parece más interesante.
Es como si no pudiera estarme quieto en ningún lado, como si tuviera que hacer zapping continuo entre todo lo que llama mi atención u ocupa mi cabeza en cada momento, da igual que sea leer, ver la televisión, o planchar la ropa, no puedo centrar mi atención en nada, consecuencia de lo cual, nada acaba de hacerse adecuadamente.
Lo de los libros es ya paradójico, mi mesilla de noche es una especie de minibiblioteca donde se amontonan los libros a medio leer, incluso algunos con muy pocas páginas por atender, pero siempre surge otro que me llama como a Ulises las sirenas y a cuyos cantos no puedo resistir.
Y claro, sé desde hace mucho tiempo que la clave del éxito y de la felicidad es hacer con pasión máxima e interés total lo que estás haciendo en cada momento, sin desear estar haciendo ninguna otra cosa, poniendo toda mi mente y mi cuerpo en ello.
Tendré que encontrar la forma de atarme al mástil para resistir los cantos y poder mantener el rumbo.